Rituales y pandemia

De postergaciones y sin sentidos

La pandemia pone en jaque la ejecución de los rituales de paso. Las “pausas” y cancelaciones acarrearán consecuencias desconocidas.
domingo, 4 de octubre de 2020 · 07:00

“Cuando intenté entrar a verla no me 
lo permitieron, así que subí a la ventana de su habitación 
y la observé desde el cristal exterior hasta 
que respiró por última vez. 
Sentí la mayor incapacidad de hacer algo para salvarla”

Jihad Al-Suwaiti


Jihad Al-Suwaiti es un joven palestino que escaló la fachada del hospital donde estaba internada su madre, una paciente positiva al Covid-19 en cuidados intensivos para poder verla antes de que muriese. Su historia, y la foto que la dejó inmortalizada, se hicieron virales y llegaron a todas partes del mundo. Al estar aislada y no poder recibir visitas, al joven sólo le quedó trepar para poder despedirse. “Cuando intenté entrar a verla no me lo permitieron, así que subí a la ventana de su habitación y la observé desde el cristal exterior hasta que respiró por última vez. Sentí la mayor incapacidad de hacer algo para salvarla. Me senté indefenso detrás de la ventana exterior de la sala de cuidados intensivos, viendo el último momento de mi madre”, contó Jihad.
La “suerte” de Pablo Muse, no fue la misma. El hombre, con todos los permisos correspondientes, emprendió el largo viaje que separa las ciudades de Neuquén y Alta Gracia, con el objetivo de poder visitar a su hija, internada de manera ambulatoria en esta ciudad con un cáncer avanzado. Los protocolos sanitarios no dejaron que Pablo se despidiera de Solange, y al día siguiente de ser negado su ingreso a la provincia, la mujer fallecía en compañía de su madre. 


La muerte como problema filosófico y existencial ha sido objeto de estudio de la antropología. A lo largo de los siglos las diferentes sociedades han desarrollado diversas maneras de transitar el paso  inevitable. La muerte como un problema de los vivos, responde a las circunstancias sociales en las cuales las personas elaboran los duelos y expresan a través del ritual fúnebre la significación cultural.


Sin embargo, aunque se pueda considerar que el ritual fúnebre sea tal vez el de mayor implicancia por su trascendencia y amplitud, la pandemia pone en jaque la ejecución de diferentes rituales de paso que no tienen tanta publicidad, y que parecieran intrascendentes a primera vista. Sin embargo, si se agudizan un poco más las percepciones, la implicancia de la “suspensión” de algunos ritos de paso, merece una atención bastante más detenida. Cumpleaños, matrimonios, egresos, comienzos y finales lectivos. Todos ellos se ven circunscriptos en una cotidianeidad que parece inevitable. Sin embargo, la pandemia vino a demostrar que las cosas no son tan así.

Rituales y significaciones 

“Los rituales son ceremonias que tienen un significado compartido por un número de miembros de una comunidad. Está compuesto por diferentes acciones que se repiten y se van transmitiendo de generación en generación en las comunidades. Tienen diferentes objetivos: algunos tienen que ver con despedir a un ser querido -como las ceremonias funerarias- o para festejar diferentes acontecimientos como un casamiento o un nacimiento”, explica Alejandrina Cuquejo, profesora de Antropología de la Escuela Normal Superior Alta Gracia – ENSAG-. 


Los significados de los rituales también van variando con el tiempo: una fiesta de 15 no significa lo mismo ahora que hace algunos años, cuando nació como la presentación de una niña en sociedad para que consiga un marido. Ahora las chicas que festejan su fiesta le imprimen otro significado. Así mismo, dentro de todo rito hay diferentes acciones simbólicas: en una fiesta de fin de año, se realiza el brindis a las 12; en los cumpleaños, se piden deseos al soplar las velas; en los funerales se realizan oraciones y se llevan flores. Todas las acciones que se concretan están llenas de significado. 


“Estos actos están en todas las culturas. Fundamentalmente tienen que ver con lo religioso, pero no siempre es así. Desde el punto de vista de la psicología, tienen que ver con una descarga emocional, porque suponen que alguien se va a sentir mejor, o más completo, después de ese paso por el ritual. Hay una “cierta tranquilidad”, si hablamos desde el punto de vista religioso, de encomendar a una deidad superior determinadas acciones. En todas las culturas o comunidades hay diferentes ceremonias que tiene un significado compartido”, agrega la docente.


El ritual llega a su completo estado cuando es compartido por los grupos de pares. “Sin el acompañamiento del grupo, las ceremonias o rituales no se hacen evidente en la conciencia de la persona. El ritual, en el caso de los bautismos, se termina convirtiendo en un trámite”, asegura la psicóloga Analía Valdesolo. 


En este mismo sentido Cuquejo amplía el concepto. “El ritual nunca se transcurre en soledad, porque solamente tiene significado si es compartido socialmente. No se termina de cerrar determinados momentos si no está ese ritual de por medio. En general, socialmente, si el ritual no está presente, el hecho no ha ocurrido: si no hay buzo, el sexto año no ocurrió; si no logramos despedirnos de un ser querido, esa muerte no se termina de procesar, no se termina de hacer el duelo. Hay mucha gente que este año defendió su tesis por video llamada o por zoom, y que la familia le ha tirado harina y huevos igual, porque si no, es como que no se hubiera recibido, más allá de lo que significa la defensa de una tesis, en el hecho en sí mismo de defenderla. La ceremonia de los huevos y la harina, le da un cierre a ese hecho que, de no tener lugar ese rito, es como si no hubiera ocurrido. No cumplí años si no lo puedo festejar”, enfatiza la profesional, quien también es licenciada en Ciencias de la Educación. 


No es casual, más allá de la crítica que se puede hacer desde el punto de vista de la responsabilidad social, que la mayoría de los contagios hayan ocurrido en las reuniones sociales: baby shower, fiesta de 15, casamientos. Por un lado está la negación del peligro, como un mecanismo de defensa desde el punto de vista de la psicología, pero por otro, hay una fuerte necesidad de reafirmar simbólicamente ese paso de un estado al otro. 


Con el tiempo, muchos de los ritos se han ido perdiendo o mutando su significado, y la pandemia vino a profundizar esa perdida. El rito o ritual tenía mucha más fuerza antes porque era un “paso hacia”, los 15 de la mujer y los 18 del varón, que dejaban de ser niños y comenzaban a formar parte del mundo adulto. Ese paso estaba acompañado por algún tipo de ceremonia, y la sociedad formaba parte del acto. 

Entre la pausa y la anulación

Si bien algunos ritos de paso pueden reprogramarse, la situación no se replica en todos los casos. “Creo que lo que más se ve afectado es el tema de las fiestas de 15, en chicas que ya tenían su salón, su fecha, su fiesta planeada. Eso no tiene sentido si se reprograma, si se hace más adelante, porque los 15 pasan, se hacen o no se hacen, y son experiencias y vivencias que se pierden. Si bien hay adolescentes que eligen no tenerlas, otras lo eligen y eso se termina convirtiendo en algo muy importante para ellas y los familiares. Son vivencias que no van a poder tener, y queda un vacío en la vida de esas personas”, asegura Valdesolo. “Hay rituales que se pueden reorganizar, poniendo otra fecha, como un casamiento o un bautismo. Pero otras cosas, como es el cursado de un sexto año, no se puede reprogramar, porque si no se hace en el momento se pierde. Todos estos chicos, vienen organizando muchas cosas desde el año pasado, con ilusiones, expectativas, que hoy se ven truncadas”.


Cuquejo profundiza en este punto, y asegura que muchos alumnos, que están cursando el último año del secundario, plantean que para ellos el sexto año no existe. “Sino hacen la presentación del buzo, los quinchos, y todos los rituales que implican finalizar la escolaridad secundaria, es como que esa etapa no se llevó a cabo. Muchos plantean que preferirían cursar de nuevo el año que viene y hacer todo el recorrido completo con todas las simbologías que implican”. La docente asegura que en este sentido entran en juego los proyectos de cada uno y la cuestión familiares. “Los que el año que viene quieren ir a la universidad, notan la pérdida, la sienten, pero pasan página y ven la necesidad de comenzar otra etapa el año que viene”.


Desde el punto de vista psicológico los interrogantes con respecto al impacto que tendrá esta “cancelación de los rituales” se multiplican. “Muchos docentes explican que sus estudiantes directamente están deprimidos: no se pueden juntar, no pudieron presentar la campera, no hay quinchos, no van a tener fiestas, ni viajes… van a estar marcados por ser la promoción que no tuvo esta posibilidad. El impacto psicológico en los chicos que están pasando por esta experiencia es sumamente negativo. Lo más preocupantes es saber cómo van a incidir todas estas cuestiones que “no se pudieron tener” a futuro. Ahora a eso no podemos saberlo. Hoy, esta falta, se vive con desánimo. Los chicos están desanimados, y comienzan a rebelarse. El ánimo se deprime, porque ven un sexto año “sin sentido”. Los chicos están desmotivados, desanimados, no les interesa aprender, no se conectan tampoco a lo virtual, otros directamente no hacen nada o hacen poco”, explica Valdesolo. 


Pensar en una población completa de chicos de 17 y 18 años que están viviendo esta etapa de sus vidas en un “sin sentido” constante, se vuelve complejo y preocupante. “Hay que ver cómo impacta esto socialmente, porque es la población que está saliendo a trabajar o a formarse profesional y académicamente. Creo que no se toma dimensión de lo que esto significa y de cómo puede impactar”, amplía la profesional y agrega que “la situación se repite en todos los niveles educativos que implican un paso de un nivel educativo a otro. Chicos y padres que están sumamente desorientados. En el paso al nivel universitario, la cuestión se presenta con mucha más complejidad, debido a la estructura de acompañamiento, que es más débil. En estos casos no hay posibilidad de reparar esta pérdida”.  

 

El duelo y la despedida

El aislamiento social obligatorio y preventivo en medio de la pandemia por Covid 19,  marca un nuevo escenario para vivenciar la muerte y el ritual fúnebre. La no despedida y la ausencia del cuerpo, resignifica para los vivos una nueva manera de transitar la muerte que profundiza aún más esas vivencias individuales.


Si bien los velatorios están permitidos, hay bastantes restricciones. Muchas personas, por estar lejos, no han podido viajar para despedirlas. Otras han estado cerca pero han podido acceder hacerlo por otras circunstancias. “El velatorio también es un ritual de paso, pero no sólo para el que muere, sino también para la familia y amigos que quedan, porque es un tiempo que tienen esas personas para despedirse o para hacer el duelo y tomar conciencia de que el otro no va a estar más”, dice Valdesolo. “En general cuando una pérdida es muy repentina o muy fuerte, las personas que quedan, entran en shock, y tardan en asimilar este nuevo escenario. Los ritos fúnebres ayudan a despedirse y mucha gente no ha podido tener ese tiempo, lo que es fundamental para la elaboración del duelo”.


Más allá de la elaboración del duelo en las personas que quedan, la profesional hace hincapié en la importancia del acompañamiento de los que están por fallecer. “Es terrible pensar que muchas personas están muriendo solas, por cuestiones de protocolo, o por lo que sea. Es terrible para la persona que fallece y también para la familia que no puede acompañar. Algo que puede llegar a amortiguar la situación es el hecho de pensar que es algo que le está pasando a mucha gente, y no sólo a mí. Sentir que hay un grupo de pares y empatía, ayuda a ampliar la conciencia y salir de la mirada individual. De todos modos es muy importante tener en cuenta las herramientas que trae cada uno, porque de eso dependerá en gran medida como se resuelven los duelos”, arriesga la psicóloga. 


En relación a los rituales funerarios, las consecuencias a futuro son preocupantes. “El no haber tenido ese tiempo, puede traer consecuencias como duelos bloqueados o no resueltos, que desencadenan en depresión, en una tristeza congelada, que queda en el tiempo, que nunca se procesa ni se elabora, porque la emoción queda bloqueada, y pasa de ser un momento a ser un estado permanente”, enfatiza Valdesolo. “Sería interesante que las políticas del Estado no sólo acompañen las cuestiones sanitarias, sino también este tipo de cuestiones más sociales y humanas. Se parte de una base muy simple: el ser humano es un ser social, un mamífero que vive en manada, y esa manada es el círculo social de cada uno. Los vínculos que se generan en la manada son los sostenedores de la vida misma. Una persona que se queda sola, se deprime y se muere. Es difícil encontrar el equilibrio entre el cuidado que requiere la situación sanitaria y lo que necesitamos como seres sociales”.
 

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