DERECHO A LA INFORMACIÓN.

Julian Assange y Wikileaks: periodismo, tecnología y poder

Por Alexis Oliva
miércoles, 16 de diciembre de 2020 · 21:12

El video "Daño Colateral", de wikileaks. Subtitulado al español.

Este artículo se publicó originariamente en el portal "Qué",

de la Facultad de Comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba.

 

(Por Alexis Oliva) Preso en Londres, el programador, periodista y hacker australiano espera la inminente extradición a un país que lo considera “terrorista”. 

Dentro de veinte días terminará una espera de más de diez años. El 4 de enero de 2021 se conocerá el fallo de la jueza británica Vanessa Baraitser, quien debe dictaminar si autoriza o no la extradición de Julian Assange a Estados Unidos, donde está acusado por 18 delitos de espionaje e intrusión informática, que contemplan penas de hasta 175 años de cárcel. Incluso, existe la posibilidad de que sea condenado a muerte.

El programador, hacker, periodista y editor australiano es el creador de Wikileaks, la plataforma digital global que publica documentos reservados de gobiernos, empresas e iglesias, y reveló los secretos más ocultos de la política exterior estadounidense. Por eso lo acusan de conspirar en 2010 con el exsoldado y analista de inteligencia del ejército norteamericano Bradley Manning (hoy Chelsea Manning), quien le habría entregado 700.000 documentos clasificados, y con otros hackers entre 2007 y 2015 para obtener y publicar información secreta.

Una de las filtraciones que se atribuyen a Manning es lo que Wikileaks publicó el 3 de abril de 2010 con el título “Daño colateral”: un registro audiovisual tomado el 12 de julio de 2007 desde un helicóptero militar estadounidense, cuando dispara contra un grupo de civiles en Irak, causando una decena de víctimas, entre ellas el fotógrafo de Reuters Namir Noor-Eldeen y su conductor Saeed Chmagh. Por “espionaje y resistencia a la autoridad”, la ex soldado fue condenada el 21 de agosto de 2013 a 35 años de cárcel y expulsada “con deshonor” del ejército estadounidense.

Hoy Assange languidece en la cárcel de máxima seguridad de Belmarsh. “Julian ha sufrido diez años de tortura psicológica. No me gusta entrar en detalles, porque me afecta, pero ese sufrimiento afecta negativamente su salud física y mental”, declaró John Shipton, su padre. Lo mismo señaló el enviado especial de la ONU sobre tortura, Nils Melzer, tras visitarlo en la cárcel en febrero de 2019. A principios de este año, un grupo de más de cien médicos alertó en una carta pública que si Assange fallece en la cárcel “habrá sido, efectivamente, torturado hasta la muerte”.

La privación de su libertad comenzó en diciembre de 2010, cuando fue detenido en Londres, acusado por la Justicia de Suecia por los delitos de violación, abuso y coacción, cometidos presuntamente a mediados de ese año, contra dos mujeres –una de ellas menor de edad–, con quienes él asegura mantuvo “relaciones sexuales consensuadas”. Luego se le concedió el arresto domiciliario en la ciudad de Norfolk, hasta que el 19 de junio de 2012 se refugió en la embajada de Ecuador en Londres, en condición de asilado político del gobierno del entonces presidente Rafael Correa.

El fundamento del asilo fue: “El señor Assange compartió con el público global información documental privilegiada que fue generada por diversas fuentes, y que afectó a funcionarios, países y organizaciones internacionales”, por lo que existen “serios indicios de retaliación” por parte de los afectados, represalia que “puede poner en riesgo su seguridad, integridad, e incluso su vida”.

Allí permaneció durante casi siete años, mientras en 2017 la causa sueca se archivaba, por las dificultades para avanzar en la investigación con el acusado confinado en un país extranjero. Sin embargo, el presidente de Ecuador Lenin Moreno le canceló el asilo y el 11 de abril de 2019 fue detenido por las autoridades británicas dentro de la misma embajada. Un mes después, la causa en Suecia fue reabierta pero luego se volvería a cerrar al aparecer un demandante más poderoso.

El 11 de junio de ese año, el Departamento de Justicia de Estados Unidos reclamó la extradición, aprobada dos días después por el Ministerio del Interior del Reino Unido. Por más que es norma británica no conceder extradiciones a países con pena de muerte, Baltasar Garzón, el ex juez español y defensor de Assange, descree que en su caso se mantenga el compromiso. El riesgo radica en que Estados Unidos considera a WikiLeaks una “organización terrorista” y parte de su clase política llegó a reclamar el “asesinato extrajudicial” de su creador.

El 29 de enero de este año, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa consideró que la persecución penal a Assange es “un peligroso precedente para los periodistas” y exhortó a los Estados Miembros –entre ellos, el Reino Unido– a que se opongan a la extradición del australiano, quien “debe ser liberado de inmediato”. Sin embargo, la Justicia inglesa avanzó con el juicio, que tendrá su desenlace en pocos días.

En una de las respuestas de la entrevista que dio origen a su libro Cuando Google encontró a Wikileaks (Capital Intelectual, 2014) –escrito allí donde Correa lo protegió y Moreno lo entregó–, Assange expone el objetivo periodístico, tecnológico y cultural de su plataforma: “Se trata de cómo encajan estos procesos periodísticos en algo que es mucho mayor, y esto es que como seres humanos dirigimos y creamos nuestra historia intelectual como civilización. Y es esta historia intelectual la que podemos utilizar para hacer cosas, y para evitar volver a hacer cosas estúpidas, pues alguien ya las hizo primero y escribieron su experiencia, por lo que ya no necesitamos volver a hacerlas. Hay varios procesos diferentes que están creando ese archivo, y otros más que están intentando evitar que la gente añada cosas a ese archivo. Todos vivimos de y en ese archivo intelectual. Lo que queremos hacer (como Wikileaks) es meternos lo más posible en ese archivo, hacer todo lo posible para evitar ser eliminados de ese archivo, y lograr que el archivo sea lo más visible posible”.

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